Una vez
mientras asidos
en la cueva
oímos el migrar de las palomas
o los pelícanos afuera
(alguna forma alada en batallones)
Nos supimos tan ajenos a sus vuelos
nosotros
cefalópodos
que quisimos propulsarnos
hacia la superficie del zumbido
y la hecatombe
El hidrógeno en nuestros pulmones
se volvió tierra al contacto con el aire
(cuando sacamos las cabezas
fuera del agua)
y ensordecidos
ahogados
volvimos a trenzar los esternones
Te sentí escarificada
vuelta coral y endurecida en cada hombro
tus ojos no eran sino cáscaras
(los míos aún de carne)
sin aves ya que perseguir con el oído
yo te pedí perdón entonces
Jamás debí haber girado la cabeza
para mirar hacia atrás los aposentos
que en el agua
habíamos dejado
en el afán de ser testigos de criaturas
que volaban.
