Este lunes 20 a las 06:50 pm estaré en Miraflores La Autentica Online hablando de literatura y mi libro Capturas de escafandra con Eleonora Lo Giudice.
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martes, 14 de agosto de 2018
Entrevista en Radio Miraflores
Este lunes 20 a las 06:50 pm estaré en Miraflores La Autentica Online hablando de literatura y mi libro Capturas de escafandra con Eleonora Lo Giudice.
jueves, 9 de agosto de 2018
Alaska 202: La venta de garage de Sadie
Recuerdo que llovía como llueve en Bear Creek. Es decir, parecían olas en lugar de gotas. Luchábamos así por armar un toldo para la venta de garage de Sadie.
No solo eran los ojos de Sadie inmensos y celestes como los de aquellas vírgenes del Renacimiento, sino que su cuerpo era el de una bailarina de ballet, pero con piernas voluptuosas. Llevaba siempre una larguísima trenza rubia que golpeteaba por todas partes cuando la llevaba en la moto. A mí me dejaba con la boca abierta. Acaso el único detalle que me despertaba del trance de contemplarla eran las marcas que llevaba en el rostro, aunque siempre disimuladas por el maquillaje. Esa tarde, sin embargo, la lluvia se había encargado de sacarlas a la luz. Riley, novia de Wyatt -la terrible pelirroja- me dijo que los adictos a la metanfetamina se rascan todo el cuerpo de forma frenética y se hacen heridas.
-¿Pero lo que Sadie consume no es heroína? -le pregunté.
-Todo -murmuró ella a manera de respuesta mientras bajaba de la camioneta cargando los tubos para armar el toldo de la venta de garage de Sadie. Yo no entendí a qué se refería:
-Todo qué.
-¡Consume de todo, pues, idiota!
Una de las razones que vuelven a Alaska radicalmente distinta de los “48 de Abajo”- como se refieren despectivamente los alasqueños a los demás estados- es la ausencia de corrección política. Los alasqueños hablan muy poco pero jamás se callan la boca. Así, nuestro amigo negro era “el negro de mierda” (the fucking nigger) y el nativo alasqueño era “el indio hijo de puta” (the Indian sonuvabitch). Yo era “el peruano conchesumadre” (the mothafucking Peruvian). A Wyatt, Riley y Sadie -nuestros amigos blancos- yo los llamaba the fucking crackers, algo así como “los blancos de mierda”. (Cracker es el equivalente blanco de nigger). Durante toda mi estadía en Bear Creek, me encargué de buscar en Internet todos los insultos, memes y estereotipos sobre blancos habidos y por haber -el nativo y el negro me ayudaron- para estar a la altura de las circunstancias. Y es que todas esas cosas que los americanos de los “48 de Abajo” jamás se atreverán a decirte, los alasqueños no solo te las gritarán en la cara sino que esperarán a que les contestes igual. Se reirán entonces contigo y te invitarán a sus casas, donde te darán de comer, te contarán historias, te ofrecerán una cama donde dormir y se desvivirán porque que tengas todo lo necesario para sentirte a gusto. En Wasilla, una profesora botó a su hijo mayor de la casa por una noche para que yo pudiese hospedarme en su cuarto. “Si necesitas su computadora, úsala nomás, que la tiene sin contraseña”. Su esposo y ella me despidieron a la mañana siguiente con un desayuno que más parecía un banquete, y así me sucede cada vez que visito aquellos pueblos. En otras palabras, son algo así como limeños al revés.
Mientras armábamos el toldo para la venta de garage de Sadie, ella nos contaba sobre Jacob, aquel chico ojos de gato con quien había pasado la noche. No era tan guapo como Cooper, ni mucho menos como Hunter -el grandote que acababa de dejarla en la moto- pero ella jamás había visto pectorales tan bien definidos. Se sentían encima “como ladrillos”. Ni siquiera Will, con quien compartía un tierno beso en su foto de perfil de Facebook, tenía un cuerpo así, y eso que era el chico más deportista que ella había tenido (con excepción de Patrick). Recordé entonces lo acaramelada que la había visto con Ron -nuestro amigo negro- hacía apenas un par de días, y ya me confundí. No pude más y le pregunté:
-Sadie, no entiendo. O sea, ¿cuál de todos es tu novio?
-¡Will, pues! -contestaron todos al unísono. (Esta vez no me dijeron idiota pero lo vi en sus caras). A Wyatt se le cayeron los anteojos y nos maldijo a todos por distraerlo. Sadie no hacía sino repetir lo bueno que había estado Jacob.
-¿Y por qué se acuesta con todo el mundo? -pregunté al grupo.
Riley contestó:
-¡Porque es una puta!
“¡Bienvendido a Alaska!” hubiese sido también una buena respuesta, aunque no nos hubiese hecho reír tanto. Pero Riley permanecía seria. Obviamente, al ser del mismo pueblo (Bear Creek no llega a los dos mil habitantes), Wyatt había tenido alguna vez algo con Sadie. Esto es bien común en Alaska: todos han estado alguna vez con todos. Y aunque Riley y Sadie eran mejores amigas y habían nacido en un rincón del mundo donde no puedes darte el lujo de ser celoso, era obvio que el límite hasta donde la amistad llegaba era precisamente Wyatt.
Riley me contó entonces sobre la seria conversación que las mejores amigas se vieron forzadas a tener una vez a raíz de un ambiguo comentario de Facebook que Riley prefería no recordar:
-A Wyatt tú no lo miras y a Wyatt tú no lo tocas. A Wyatt tú no le escribes huevadas en Facebook. ¿OK? Tienes mil imbéciles que pasan por tu cama. ¡A todo el mundo te cachas, Sadie, y ese no es mi problema, pero a Wyatt tú no lo miras y a Wyatt tú no lo tocas! ¡A Wyatt tú no le escribes huevadas en Facebook! Si tú me haces eso a mí, Sadie, sería solo por joderme, porque no tienes ninguna necesidad de hacerlo. Todo el mundo sabe que eres perra por naturaleza, igual que tu madre, pero tampoco vale ser tan perra.
-Ya, ya te entendí, Riley, nunca haría nada que...
-¡Cállate el hocico y déjame terminar! Tú le abres las piernas a Wyatt y yo te juro que te rompo todos los dientes. Yo voy a buscarte y de mí no vas a poder esconderte. Tú me conoces y sabes que yo te encuentro, Sadie, y no me importa putamadre irme a la cárcel con tal de reventarte la cara. ¡Puta de mierda! ¡es lo único que tú sabes hacer: ser puta!
Llevábamos ya horas y seguíamos sin poder terminar de armar el toldo para venta de garage de Sadie.
-¡No puede ser! -dije- ¿entre seis no somos capaces de armar un maldito toldo para la venta de garage de Sadie?
-La última vez que tratamos de armar un toldo -contó Wyatt- terminamos agarrándonos a puñetazos entre todos.
-Eso fue para el matrimonio de la mamá de Erick -recordó Riley ahora con la más dulce de las sonrisas en sus labios. Fue la única vez que vi a Riley más bonita que Sadie, acaso porque nunca sonreía y esa era justo la expresión facial que le quedaba mejor. Con la belleza súbita de una escena de comedia romántica en sus ojos pardos -el viento le hizo volar los cabellos rojizos- miró a Wyatt masticando su Trident, fascinada como si recién en ese instante se estuviese enamorando a primera vista.
En realidad todos teníamos buenas excusas para no ser muy eficientes. A Wyatt se le habían roto los anteojos al caerse de la escalera de mano y le dolía la cabeza porque era bien miope. Arthur -el nativo- había tomado demasiado y el subirse a la escalera lo mareaba. Se había emborrachado con Wyatt la noche anterior y quizá por eso también el dolor de cabeza.
-Eso me pasa por tomar con este blanco de mierda.
-Cállate, indio salvaje hijo de puta conchatumadre.
-Te rompo el culo, homosexual, chúpamela.
Arthur era el único que prefería los insultos sexuales en vez de los racistas. Cuando me quejé de que no podía trabajar con semejante lluvia, su comentario fue:
-Dijiste que eras peruano, no gay.
Ron venía recuperándose de una cirugía a la columna, así que no era de gran ayuda. Yo me esmeraba por colaborar pero soy torpe por naturaleza y jamás en mi vida había intentado armar nada sobre una escalera de mano en pleno Diluvio universal (los alasqueños estaban tan acostumbrados que parecían ni mojarse). Y la excusa de Sadie es que era Sadie, así que parecíamos todos condenados al fracaso.
Al caer la noche, por fin Sadie, trepada en la escalera de mano, logró empalmar los dos últimos tubos con un ¡clack! que sonó a victoria. Yo mire hacia arriba, y al ver su rostro alegre a contraluz con la luna -ahora se mordía los labios de la emoción- me di cuenta de que era uno de los más bellos que había visto en mi vida. Hasta le pedí a la luna que se arrimase un poquito para poder mirarla bien. Supe entonces que me hubiese enamorado perdidamente de Sadie si no fuese Sadie. Hasta el universo nos dio su bendición porque paró la lluvia, y ya estaba listo el toldo para la venta de garage de Sadie.
-Carlos, lo hicimos -dijo mirándome con sus ojazos celestes y emocionados como campeona de Wimbledon.
-¡Lo hicimos! -grité a los demás- ¿ya ven? ¡no somos tan inútiles como pensábamos!
Riley recuperó entonces la mirada de rabia de cuando le recordaba a Sadie que era una puta. Jamás olvidaré la manera en que contrajo el rostro y volteó mostrándonos los dientes como una rata acorralada. Yo vi el terror en los ojos de Wyatt, a quien compadecí en ese momento, pues supe reconocer en sus ojos el horror de quien tiene que vivir con una mujer explosiva.
-¡Miren lo que han hecho, tanda de imbéciles!- gritó escupiendo saliva y señalándonos la escalera de mano. La mano le temblaba y un hilo de baba le quedó colgando del labio inferior.
Todos nos miramos confundidos. El toldo parecía perfecto. (¿?)
Riley entonces explotó y sus gritos atravesaron la tempestad como un trueno:
-¡Ese tubo de mierda lo han metido por entre la escalera! ¡estúpidos! ¡babosos! ¡tarados! ¿acaso no tienen cerebro? ¿ahora cómo mierda van a sacar esa escalera de ahí? ¡cojudos! ¡retrasados! ¡animales! ¡bájense de ahí, carajo, y déjenme a mí sola!
Obedecimos inmediatamente y Riley, toda pequeñita, se encaramó en la escalera con aquella agilidad felina que solo confiere la rabia. Parecía que volaba. Mientras mirábamos asombrados como ella sola desarmaba y rearmaba todo en cuestión de minutos, pude ver el orgullo en el rostro de Wyatt. “Es hermosa”, atinó a decir. Se había puesto los lentes rotos y era la suya una mirada inconfundible: la amaba hasta el tuétano.
Ya de vuelta en el hotel, Riley me explicó con rostro muy serio por qué era tan importante para todos la venta de garage de Sadie:
-Sadie no trabaja. ¿En qué chucha va a trabajar esa puta si no sabe hacer ni mierda? Está dejando la heroína pero no es fácil, yo lo sé muy bien porque mi Wyatt pasó por lo mismo. La metadona le hace mal, así que su papá le ha conseguido unos inhibidores que los tomas y hacen que la heroína no te haga efecto. Pero ahora no tiene nada. Es que tú no la has visto, Carlos, cuando le falta su dosis.
-¿Se pone mal?
-Se pone como loca -dijo en voz bien bajita como si alguien pudiese escucharnos, pero más aun como temerosa de decir algo remotamente ofensivo en contra de su mejor amiga. (Sí. Quién entiende a esos blancos de mierda).
-Por eso queremos que tenga algo de plata este mes. Mira, mi vieja hizo dos mil dólares en su venta de garage en agosto y con eso pudo comprarse el carro. Wyatt dice que Sadie puede hacer fácil unos mil, pero como es Sadie, seguro va a terminar regalando o perdiendo la mitad. O sea, son quinientos dólares, Carlos, que es bastante para comprar algo de heroína hasta que su papá vea qué hacer con ella.
martes, 24 de julio de 2018
Entrevista con Sandra Olivari Veramendi, de Calle de libros

El autor Carlos Cavero es uno de los escritores que debes de buscar en la Feria Internacional del Libro. Calle de Libros se comunicó con él para que nos conversé sobre su triología y novela en que se define por el propio escritor como una pintura hecha poesía.
¿Debido a qué y cuándo publicaste tu primera obra literaria?
Publiqué porque quise alguna vez plasmar un trabajo con el que me sintiese plenamente identificado y satisfecho. Mi hija fue la primera en impulsarme a hacerlo y su petición me llevó a preguntarme: ¿cómo quiero que ella me recuerde cuando ya yo no esté? ¿qué podría yo regalarle que fuese genuino motivo de orgullo? Siempre trabajé haciendo uso de conocimientos académicos que me permitieron cobrar algunos buenos sueldos pero… nada existe en aquel papel de trabajador eficiente que yo quisiera dejar como testimonio de mi vida. Reapareció entonces en mi vida una mujer -a quien dedico el libro- cuya labor fue terminar de convencerme. Y aunque sigo pensando que no se necesita publicar para ser escritor, entregar Capturas de escafandra al público ha sido definitivamente un gran complemento para mi carrera.
Háblanos sobre tu obra
Capturas de escafandra es la primera entrega de una trilogía muy íntima que culminará con una novela. Yo diría que es pintura hecha poesía. Se divide en cuatro partes:
Encapsulario es una aproximación a la poesía pura y la introspección. Allí encajan algunos versos que compuse a lo largo de los años y cuya cápsula recién se abre. Mezclo memorias borrosas de infancia y mis reacciones ante los estímulos sensoriales. Al igual que el resto del libro -y ésta es mi constante- son poemas muy sonoros. Si bien mi poesía es visual, a la hora de escribirla es el sonido la base de donde parten todos los demás elementos.
Escamalario parte de una absurda fijación que tengo con el mar y las criaturas de aguas profundas, muchas de ellas fotoluminiscentes, monstruosas, bellas y con apariencia de no pertenecer a este mundo. Continúa la introspección, el revolcarme dentro de mí mismo.
Encapsulario es una aproximación a la poesía pura y la introspección. Allí encajan algunos versos que compuse a lo largo de los años y cuya cápsula recién se abre. Mezclo memorias borrosas de infancia y mis reacciones ante los estímulos sensoriales. Al igual que el resto del libro -y ésta es mi constante- son poemas muy sonoros. Si bien mi poesía es visual, a la hora de escribirla es el sonido la base de donde parten todos los demás elementos.
Escamalario parte de una absurda fijación que tengo con el mar y las criaturas de aguas profundas, muchas de ellas fotoluminiscentes, monstruosas, bellas y con apariencia de no pertenecer a este mundo. Continúa la introspección, el revolcarme dentro de mí mismo.

Capturas de escafandra
La poesía de Carlos Cavero es plástica, quizás por esa cercanía con el dibujo que es otra de sus pasiones. Encontramos en Capturas de escafandra un lenguaje que nos remite a sonidos, sabores y texturas para construir sus imágenes, un lenguaje que a veces nos hace recordar al Vallejo de Trilce, y en la musicalidad, a ese orfebre de la palabra que es Eguren.
$10.00
Oxitocinas es poesía amorosa. Luego de haberme hundido en las aguas, salgo al aire para admitir la presencia de otros humanos. Es la primera parte del libro donde no estoy solo: me visitan varias figuras femeninas que ingresan a mi lenguaje invadiéndolo cada una con su propia estética. Aquí reinan la estupefacción, la simbiosis y la dulzura.
Endopaminas termina de aceptar la compañía pero esta vez con el cuerpo, ya que consiste en poesía erótica. Si bien un tema recurrente aquí es la objetificación, la dulzura persiste.
Endopaminas termina de aceptar la compañía pero esta vez con el cuerpo, ya que consiste en poesía erótica. Si bien un tema recurrente aquí es la objetificación, la dulzura persiste.
¿Qué haces para inspirarte?
Soy muy visceral no solo para escoger lo que leo sino también lo que escribo. Como no busco jamás inspirarme, mi día a día podría describirlo como la espera por algún estímulo sensorial que se ajuste a los parámetros de mi estética. En pocas palabras, no hago nada para inspirarme.
¿Cuáles son tus escritores favoritos?
J. D. Salinger es quizá mi piedra angular. Herman Hesse y Jorge Luis Borges son otros dos grandes narradores que me marcaron, el segundo también como poeta. Otros lenguajes poéticos que me causan gran placer son los de César Vallejo y Martín Adán. De España, siempre me capturó mucho el universo de Lorca. Más allá de la lengua hispana, son los poetas franceses, principalmente Rimbaud, quienes más me han encandilado con sus obras.
¿Estás escribiendo un nuevo libro y sobre qué es?
Estoy escribiendo un poemario que difiere del actual en el uso del idioma. Mientras que Capturas de escafandra es bastante clásico, mi nuevo proyecto juega mucho con la forma gráfica de los poemas, incorpora el lenguaje tecnológico y el spanglish, e incursiona en la poesía narrativa con tres historias muy difusas.
Mi trabajo más arduo es, sin embargo, la novela que publicaré en 2019, compuesta por personajes y escenarios unidos únicamente por el capricho autobiográfico. Así, el verso de Capturas de escafandra va mutando hacia la prosa para poder contar la gran historia que tengo que contar. Si no la cuento, me muero. Estas tres entregas son mi trilogía. Una vez completa, no sé si querré publicar más.
Mi trabajo más arduo es, sin embargo, la novela que publicaré en 2019, compuesta por personajes y escenarios unidos únicamente por el capricho autobiográfico. Así, el verso de Capturas de escafandra va mutando hacia la prosa para poder contar la gran historia que tengo que contar. Si no la cuento, me muero. Estas tres entregas son mi trilogía. Una vez completa, no sé si querré publicar más.
viernes, 9 de marzo de 2018
El porqué del mar
Me han preguntado por qué escribo tanto sobre el mar si jamás tuve una relación cercana con él. Entre quienes no me conocen ha habido incluso quien me asumió como un aficionado a la pesca o un aventurero de las aguas.
Esta es la explicación:
Debía yo de tener cuatro o cinco años. Casi nada recuerdo de aquellos domingos en el club de playa. Entre los destellos de memoria que aún conservo, queda uno particularmente nítido, aunque no llega a ser tan visual ni sonoro como lo anhelo. Ni siquiera es táctil porque no toqué nada.
Allí me encontraba con el torso desnudo y los pies descalzos frente al mar. Éste, verde y furioso, yacía como una bestia encadenada a las fauces de la tierra, destinada a repetir los mismos movimientos una y otra vez. El expandir sus extremidades arrastrándose sobre la arena para luego emprender retirada era su único accionar. Me pregunté entonces cómo sería si en una de estas retiradas el mar decidiese no volver. Y ese fue el comienzo de todo.
Más tarde, ya en casa, seguía yo encerrado en la misma interrogante. Así como el mar, mi naturaleza también fue siempre simple, tanto en mis pensamientos -que suelen ser uno solo repitiéndose incesantemente- como en mis acciones, de modo que la retirada del mar fue lo único en lo que podía pensar, y todo lo demás dejó de tener atractivo para mí. Así llegó la fiebre justo cuando comenzaba quedarme dormido. Quizá fue un mecanismo de autodefensa para sacarme de ese trance que no terminaría sino hasta encontrar una respuesta.
No he hallado jamás la forma de describir los sueños que tuve aquella noche. Al igual que mi memoria del mar, no son visuales ni sonoros, y ni siquiera táctiles como para reconstruirlos a partir de sus huellas en la carne. El mar quiso mostrarme una proyección de lo que sucedería si decidiese retirarse para nunca volver.
Un inmenso cráter colmado de esqueletos de peces, restos de plásticos y fierros corroídos se abría más ante mis ojos mientras continuaba yo mi descenso por aquel nuevo territorio ganado al mar. Como todo hábitat muerto, el nuevo acceso a la luz le había decorado los intestinos con una inclemente fealdad en la que solo comenzó a brotar belleza cuando al mar se le ocurrió volver. Empezaba yo a distinguir brillos aperlados en varias esquinas de aquel cuadro: eran los esqueletos de peces que ahora eran marfiles, los fierros revelándose como mariposas pubertas.
No debí haber levantado la mirada cuando el estruendo y la sombra desencajaron el contemplar de caracolas cerca de mis pies. Arriba, a varios kilómetros de mi cabeza, la gran ola de retorno tapaba el sol. El cíclope atado a las fauces de la tierra regresaba al descansadero donde volvería a arrastrarse y contraerse en su rutina autista. El terror que hizo que todos los músculos del cuerpo se me contrayeran permitió un solo pensamiento razonable. Dar media vuelta y correr no lo fue. Pensé que los esqueletos de peces recobrarían carne y viscosidad al primer contacto con el agua, que mi condición de mamífero terrestre invadiendo aquella fosa me ponía en el lugar perfecto para pagarles el atrevimiento con mi cadáver.
No sé cuánto duró la fiebre, solo sé que aquella noche nació el mar para mí, y con él mi vocación literaria.
Sin embargo, no es el mar de sales y agua que golpea la costa, tampoco el que soportas embarcaciones sobre su espalda. Ese mar jamás podría inspirarme. El mar al que escribo esta carta es el mar de mi sueño, acaso porque nunca llegué a despertar del todo. Algo de mí se llevó aquel mar en su carrera hacia la aniquilación de la bahía.
sábado, 9 de diciembre de 2017
Continuidad y asombro
No deja de encandilar mi memoria aquella película de Jaco Van Dormael en la que, tras décadas de trance criogénico, Nemo despierta en un futuro donde médicos ansiosos lo interrogan sobre su vida. Con las arrugas y la palidez que sólo más de cien años pueden derramar sobre el rostro de un hombre, nuestro protagonista pierde la ilación de su propia historia al modificar las decisiones que tomó -o fueron tomadas por él- de la misma forma que otros maquillan los sucesos sin intención y con notable convencimiento.
Acerca de la poca fiabilidad de nuestros recuerdos, leí que la vida humana se asemeja más a una película que a un documental. Somos directores involuntarios en un eterno despertar que retoca la memoria tras cada noche de sueño mediante la aplicación de filtros, la supresión e inclusión de escenas, y los efectos especiales. Así, los bordes filosos se redondean amables y cálidos, acaso con hitos placenteros que cobran nuevos sufrimientos para satisfacer nuestra búsqueda de antagonismos.
Hoy la escena es real porque sucede ante mis propios ojos, ante los embates del clima que aparecen fielmente capturados en cada fotograma, siempre matizados con espasmos de risa blanca. Aunque pesa tanto el material sin editar y busco dónde poner y quitar segundos, minutos, no me atrevo a intervenir en el desenvolvimiento de la obra porque cada sobresalto ha sido compensado sin falta con el abrazo del arte.
La película que nos encontramos produciendo es siempre nueva, omnipresente, desconocida. Guarda el encanto de las primeras impresiones, los primeros besos y la imposibilidad lógica hecha materia. Se me ocurre que podría ser esta inmunidad a la pérdida del asombro la que vuelve tan vivos los colores. Nunca más entonces al blanco y negro, tampoco a los sepias en futuras escenas porque una suerte de impresionismo yace satisfecho haciendo gala de su desnudez mientras se expande para llenar cada toma. Es una deidad humanizada como los dioses griegos.
Por más que la criogenia sea algún día capaz de llevarnos hacia un futuro insospechado en el que nuestra obra sea objeto de fascinación colectiva, siempre diré que no a las invasiones antinaturales que otros seres humanos conciben en laboratorios. No sería nuestra película un ente tan singular si no fuese producto de nuestros delirios más espontáneos. Quien deba ser espectador de nuestro atrevido emprendimiento esperará a que el ciclo de la naturaleza la deposite en madurez de pulpa y cáscara, habiendo caído del árbol a su tiempo: sin prisa y sin arrancarse, aunque con la promesa de envenenar a quien la muerda.
jueves, 9 de noviembre de 2017
De vuelta a las aguas
Con los ojos entreabiertos de amanecer basta para ver todo, todo lo que ofrece el panorama de eventos terrestres. Una figura humana, colores básicos, tierras preciosas de donde extraen manitas frágiles coronas. Arrastra la tierra su quehacer desprovisto de singularidades.
Ser testigo de hipocampos a muy temprana edad marcó la ruta: bajo la superficie del agua pareciera existir el número perfecto de estímulos que mi sed de estupefacción necesita. Nada existe en la tierra que atraviese mis escamas: bien dicen que cuando acaricia el aire, halaga los sentidos sin alimentar a los peces de aguas profundas. Y a nosotros nos es urgente contar con mucho alimento.
Aunque los pulmones no me respiren aún cuando me sumerjo, toda profundidad me guarda una cita postergable pero definitiva. Ya puedo ir preparando las aletas, las agallas y los dobles párpados, sin el temor ni la impaciencia de los viajes ordinarios. Tampoco es semejante este proceso a los rituales previos a la muerte que nos inculcaron los intermediarios entre peces de aguas profundas y dioses.
He tocado vísceras sin sobresaltar mis ojos. Contenido exhalaciones, dormido envuelto en aletas con fuerte olor a lecho marino. Aquí en tierra, por supuesto, acogido en la promesa de un después que -nuevamente- no se parece a los solemnes entusiasmos de quienes oran, aunque de noche me llevaron aquellas amorosas bestias en sueño consciente hacia sus reinos. A fuerza tan entrañables bienvenidas, ya extraño hasta el espasmo las fosas, las linternas de fluidos, las montañas y los orificios volcánicos donde anidan los ancestros de las anémonas.
martes, 7 de noviembre de 2017
Hechos
Adonde miremos, la fiebre en crucetas arroja sirenas de pasto, papel o cemento. Hechos a mano, artefactos que se vuelven siniestros a la luz y a los filtros nos recuerdan esto: soy belleza, soy estética.
Una vez que en la prisión del cráneo se asientan los estímulos visuales, ya no existen más los giros en cientochenta. Los cauces de ambos ojos han sido fijados en el túnel hacia la represa: hay que bucear desnudos lecho submarino adentro. Estemos o no en el océano-océano, nos sentiremos en él. Yo lo prometo.
Y como cemento, papel y pasto arremolinan pareidolias en cada enfoque, al cemento admiraremos. Al papel contemplaremos estupefactos. Al pasto volverán nuestras zancadas -cámara en mano con pies en el agua- cada vez que algún verde desollado manifieste su deseo.
Estival, genital y cuajada en grumos -sobrestimulando los receptores que en nuestros cuerpos se abren- la construcción puberta que llamamos campo visual pretende escapar al mismo tiempo que nos cubre en la gran cúpula. Indecisión dominante la de aquella esfera: diríase lo mismo de un amante convertido -a fuerza de tiempo y sangre- en parte misma del propio cuerpo.
Campo visual que trae consigo ardores altos con erupción de saliva durante el sueño, contracción muscular, párpados untados en lagañas. Y una mañana tan próxima como tirana, definitiva en sus horas -siempre pequeñas- y en sus alarmas.
domingo, 22 de octubre de 2017
Pureza
Una caída libre tan bien calculada -cabeza a almohada y torso a frazada destendida- cerró los receptáculos de estímulos justo antes de una eterna silueta de fiesta invernal. Hasta allí llegué siempre agotado, remando contra el mareo. Ya al hacer contacto con la superficie, los brazos no me bastaron para alcanzar aquellos tentáculos de selva. Quizá esperaba balancearme entre las venas del agua.
Pude, sin embargo -mientras el monstruo de la naturaleza se alejaba y mi cuerpo comenzaba a recobrar aires de hogar- arrancar caracoles, espinas, brotes, esporas, rocíos y libélulas: un jardín embrión que coronará pronto mis primeros pasos en su primordial tarea. Las manos las llevaré juntas y, en un big bang de minúsculas muestras de vida terrestre, esperaré a que los compuestos se disuelvan.
Finalmente, esta maraña orgánica parirá copas redondas que actuarán como sombrillas sobre mis espaldas, protegiéndome del furor solar toda vez que la sed me impulse a comenzar una caminata.
martes, 13 de junio de 2017
Redwoods, semáforo y cubrecama
Ignórame. Rodeo cada objeto con mi cuerpo y las extremidades se todopueden. No sólo soy alcance de materia en ecos gravitacionales, sino que la gravedad misma de mi esternón emana. El tiempo, así, transcurre más lento para tu carne y tus huesos. Mientras exploras eternidad en rois verts, yo tengo redwoods, semáforo y cubrecama: aquí conmigo los tres duermen.
jueves, 8 de junio de 2017
Piedra
Olivares que se elevaban, a mí se me hacían altos como los gigantes de los dibujos animados. Al reventar las ondas de la laguna, esa piedrecita que lanzamos se hundía para jamás volver a su montículo expuesto a los aires. Habría de permanecer en agua, sorteando impasible aquel elemento nuevo (sólo percibido antes en forma de gotitas). ¿Se adaptará a su estado irrevocable de mineral bajo el agua? A gusto con su porvenir acuático o no, a nadie le importa mucho lo que pueda sentir una piedra.
jueves, 13 de abril de 2017
Introducción
Hoy es domingo 02 de abril de 2017. En unos años el diecisiete sonará a reliquia y me pregunto si el dos mil encontrará los oídos u ojos de alguien como testigos. A nada se parece despertarse a las cuatro y catorce de la mañana y descifrar la habitación mientras el efecto narcótico del sueño expande ligeros espasmos por mis extremidades. ¿Cuál es el sentido de escribir un diario? ¿qué tal si termina siendo una novela, tal como suele suceder cuando comienzo un cuento?
Era todo muy sencillo a los seis, a los ocho y a los doce años. Conocía muy bien la estructura de un diario, una novela y un cuento porque había leído demasiados de cada uno en mi naturaleza de eufórico bibliotecario. Aprender mucho y conocer muchas personas va erosionando la propia naturaleza, aunque más que erosión es un cubrir con capas tóxicas. Óxido, moho y acero templado: gracias, mundo exterior por tu inapreciable regalo.
Hubiese continuado eufórico tras la escafandra de no ser porque el roce de seres ajenos e inevitables arrebató tiempo y espacio a la gran colección de libros de papá y a los grandes placeres de mis seis, ocho y doce años.
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